BREVE RESEÑA HISTÓRICA DEL
COLEGIO MARISTA SAN FERNANDO DE SEVILLA
En junio de 1933 el Hermano Aurelio Garín fue enviado desde Murcia a Sevilla para buscar el local donde ubicar un nuevo Colegio de la Institución. Preguntando a los clientes de una barbería de la calle Bailén si sabían de algún edificio disponible para su finalidad, una vez explicada a los presentes e identificado como Hermano Marista, el padre de quienes serían los dos primeros alumnos matriculados, Fernando y Antonio Murillo Izquierdo le ofreció la casa de la calle san Eloy, donde se desarrolló el primer curso, desde septiembre del mismo año 1933, en la que ahora se encuentra un bar y en cuya fachada un azulejo recuerda tal hecho.
El 15 de septiembre figura como día de matriculación de los dos hermanos Murillo, el día 20 el de los alumnos José Galán Díez y Joaquín Torres López, y 26 más ingresaron en el mes de octubre. No dejó de crecer el número de alumnos durante el curso, hasta el punto de que para el curso 1934-35 se adquirió, gracias a las gestiones de D. Rafael Peralta, el hotel Bristol de la calle Jesús del Gran Poder, sede colegial que estuvo abierta hasta el año 1968.
La buena fama de la docencia impartida por los Hermanos en pleno centro de la ciudad, la confianza que pusieron muchas familias en la educación impartida en el Colegio San Fernando provocó que hubiese que buscarse otro edificio, en la calle san Pablo, contiguo a la capilla de la Hermandad de Montserrat, que abrió sus puertas en 1945, hasta el año 1972, en el que se cerró definitivamente para pasar todos los niveles educativos al nuevo colegio de calle Paraíso. Éste se había inaugurado en 1969, un año después de cerrar el de calle Jesús del Gran Poder.
Han sido miles de jóvenes sevillanos los que se han formado en las aulas de nuestro Colegio, que han recibido el carisma marista simbolizado en las tres violetas de nuestra enseña, y que han mostrado en la sociedad a la que se han incorporado como profesionales de las más diversas ramas esa identidad que los ha marcado para siempre y de la que, generalmente, se muestran plenamente orgullosos.

EXALTACIÓN DEL 75 ANIVERSARIO DE LA FUNDACIÓN DEL
COLEGIO MARISTA SAN FERNANDO DE SEVILLA
Nos reúne hoy una gozosa celebración, un importante aniversario motivo de alegría para toda la familia Marista de Sevilla que, a lo largo del año que empieza, tendremos o eso espero, múltiples ocasiones para convivir, reencontrarnos, recordar y alegrarnos. Y ha sido en mi humilde persona y en mi no menos torpe verbo sobre los que ha recaído la responsabilidad de tratar de trazar en unos pocos minutos todo el bagaje histórico que implican estos 75 años que conmemoramos.
A pesar de todo ello, a pesar de saber el gran compromiso al que me enfrento y consciente de mis limitaciones, sin la seguridad de poder llevar esta tarea a buen puerto, he de agradecer a la Comisión organizadora de este Aniversario y en particular a D. Juan José Morillas, el honor que me hacen al permitirme evocar, hoy, la ya larga vida de mi colegio San Fernando. Así mismo debo agradecer al presentador sus elogiosas palabras en cuyo enunciado ha sido guiado, no cabe la menor duda, no por la objetividad que debiera sino, únicamente, por la amistad que nos une tras trabajar largo tiempo juntos en el colegio mismo y en muchas otras actividades y preocupaciones que compartimos. Gracias Juan Carlos.
Una historia cuyo escenario primero fue una casa de la calle San Eloy, que al año siguiente se trasladó a Jesús del Gran Poder y al cual se añadió posteriormente San Pablo, para terminar su escenificación en el lugar en que nos encontramos.
Pero como la historia de un colegio no es ni más ni menos que la gran suma de cada una de las historias de los alumnos que por sus aulas pasaron, permitidme que sea una de ellas, la que mejor conozco, mi propia historia la que sirva de hilo conductor de esta pequeña glosa. Todo comenzó una mañana....
Era una mañana cualquiera de un día cualquiera de junio en Sevilla, a pesar de no ser muy tardía la hora, el sol ya caía a plomo sobre el caserío de una zona del centro de la ciudad que más allá de la Plaza del Duque era desconocida para mí. Lejos quedaba mi Triana natal y el entorno de la calle Betis donde hasta entonces había discurrido la corta experiencia de mi vida colegial. Ya iba a entrar en un colegio de mayores me repetían machaconamente mis padres y como tal me tenía que comportar. La zozobra se hacía, por momentos, mas grande en mi interior en que, en amigable lucha convivían el lógico temor a lo desconocido y la alegría de pasar de ser niño chico a niño un poco mayor y, así, poder entrar en el nuevo colegio más acorde con la edad y por ende con el nivel educacional que la nueva situación exigía.
El nerviosismo más que justificado iba progresivamente en aumento cuando ora mi madre, ora mi padre se volvían hacia mí y con tono entre orgulloso y autoritario me decían otra vez: ¡A ver como te portas que ya vas siendo mayor y tienes que dar buena imagen a los Hermanos! Y quienes serán esos Hermanos pensaba yo. Pero el paseo seguía discurriendo por una calle estrecha con aceras aún más estrechas en las que había que hacer equilibrios cada vez que pasaba un coche de los escasos coches que en aquellos años pasaban por allí. En una esquina con letras negras de cerámica sobre fondo blanco algo sucio, un nombre rotundo y solemne JESÚS DEL GRAN PODER. Un nombre y una calle que acababa de entrar en el escaso bagaje de mis conocimientos y cuyo recuerdo, como lo iba a imaginar, perduraría, melancólicamente, para siempre en mi interior.
Pero seguíamos andando y se multiplicaban las recomendaciones de mis padres cuando en la acera de la izquierda entrábamos en un portal muy grande con amplios dinteles recubiertos de blanco mármol y un techo altísimo del que colgaba un gran farol el más grande que jamás había contemplado. Una campana a modo de timbre que mi padre jaló decididamente sirvió de aviso de nuestra reciente llegada.
Me encontraba en un gran zaguán como se llamaba en la época, un gran “hall” si ustedes prefieren llamarlo así, a la derecha unos bancos no recuerdo bien si de madera o hechos de obra, perfectamente alineados enfrente una ventanilla entonces cerrada porque el Curso Escolar había finalizado y un inmenso cuadro de no menos inmensa y elegante moldura con fotos de algunos niños en su interior y una leyenda que también se quedó grabada en mí para siempre “CUADRO DE HONOR”.
Tal vez no debí preguntar que que era aquello, tal vez debí matar mi curiosidad y a lo mejor no hubiera recibido el reto de mi padre ni yo le habría respondido con una promesa que, a partir de entonces constituyó un compromiso para mí. “Ahí están los mejores alumnos del Colegio, ojalá yo pueda verte en él un día” me dijo mi padre y yo guiado por el deseo de complacerlo a él y a mi madre, a unos padres a los que adoraba y por el deseo también de agradecerle el que me llevaran a ese Colegio que, a primera vista, parecía tan impresionante, contesté sin titubeos y con cándida inocencia infantil “yo también quiero estar”.
Nos abrió la puerta un hombre algo entrado en carnes y mucho más en años o, por lo menos así me lo pareció a mí, muchos tiempo más tardes he comprendido y muy a mi pesar aprendido, que la apariencia de vejez es totalmente subjetiva y dependiente de la edad del que la juzga, de tal modo que quien nos parece ya muy viejo con ocho años, mi edad entonces, en un chaval de tu misma edad, cuando has pasado los cincuenta.
Dos rasgos acapararon mi atención en aquel hombre su venerable cabellera totalmente blanqueada y su sotana negra ceñida por un negro cordón y, sobre su pecho, un crucificado orlado pendiente de un fino cordón que bajaba desde el cuello para volverse hacia arriba y dejar dos a forma de volutas a ambos lados de la cruz que parecía flotar en medio del mencionado cordón. No dejaba de ser curioso para mí el que el crucifijo no colgara del cuello como era lo normal, como colgaba el de las “madres de Cristo Rey” y no pensé en ello, no porque hubiera adivinado, tan pronto, que lo cogían con un imperdible o alfiler sino por que había muchas más cosas en que pensar en ese preciso momento.
¡AVE MARÍA PURISIMA! dijo sonriente aquel de quien yo pensé que era un sacerdote, ¡SIN PECADO CONCEBIDA HERMANO! Respondieron al unísono mis padres. Con la primera frase ya empezaron invocando a la Madre y sin yo saberlo estaban ocurriendo dos acontecimientos simultáneos que marcarían para siempre mi vida: Había conocido a los Hermanos Maristas y desde ese mismo instante habían comenzado a enseñarme como amar e invocar a la Virgen María.
Nos pasaron a un patio amplio rodeado de columnas de mármol y de allí por un arco que me pareció precioso, decorado con arabescos elementos que le conferían gran parte de su belleza, a un salón amplio también con alto techo con grandes sillas de largo respaldar tapizadas en terciopelo y con la madera labrada que le confería un aspecto, a la vez, antiguo y señorial, otro “sacerdote” que así mismo se hacía llamar Hermano me hizo algunas preguntas que aún no sé como contesté en medio de mi nerviosismo y luego charlo largamente con mis padres mientras yo permanecía completamente impávido, casi paralizado en la amplia silla en la que mi pequeño cuerpo casi desaparecía, dos intentos, simplemente de moverme, se ahogaron en la rotunda mirada de mi madre que, entonces, tan solo una mirada era necesaria para dar tajantes ordenes.
Unos treinta minutos que, para mí fueron eternos, duró aquella conversación que termino con aquel que llamaban Hermano dirigiéndose a mí para decirme “ya eres un alumno Marista”. Aquello fue el preludio a la ansiada huida hasta la deseada calle que ahora me pareció mucho más bonita que antes. Mi padre me preguntó ¿Qué? ¿estás contento? Y yo automáticamente, casi por obligación respondí “sí muy contento”. Jamás podía imaginar como aquella entrevista iba a influir en mi vida en mi forma de pensar en la escala de ordenación de mis valores e, incluso, en la vivencia de mi Religión, ya era un alumno Marista y eso, como nos enseñaba el Ripalda respecto a algunos sacramentos, imprime carácter. ¡Qué lejos estaba yo de imaginar lo que aquello significaría para toda mi vida y, sobre todo, que pequeño era, aún, para comprenderlo!
Aquel verano pasó, como otro cualquiera, quizás, en su último tramo, más lentamente de lo que era normal entonces cuando, por culpa de la edad, el tiempo pasaba lenta, muy lentamente; tan lentamente que cualquier insinuación por parte de mi padre, de que el tiempo corría muy deprisa, me causaba no ya desagrado, sino hasta enfado, ¿Cómo se podía decir que el tiempo corría mucho? ¿Cómo se podía decir en octubre que ya estaban aquí las Navidades? Con lo largo que era aquel primer trimestre. Y es que era difícil hacerme comprender con siete u ocho años que el caminar cansino de los días y las horas es un inconveniente que la edad soluciona precisamente cuando ya no nos gusta que pase el tiempo tan rápido.
Pues aquel verano, como digo, a pesar de gozar de vacaciones y que era en vacaciones cuando el tiempo más corría pues bien, en aquella ocasión, pareció que fueran más largas de lo habitual o así me lo hizo parecer el ansia que invadía mi interior y que, cada vez, se hacía más notable por comenzar un nuevo curso en un nuevo Colegio que yo había idealizado como algo grandioso y, por supuesto, infinitamente mejor de lo que había conocido hasta entonces.
Y así llegó octubre porque, entonces, el curso empezaba en octubre, con horario más intenso pero empezaba en octubre. Aún estando en pleno Otoño, quedarían restos de la canícula ya pasada y no debía de hacer mucho frío pues, si no recuerdo mal, yo comencé mi andadura colegial en la calle Jesús del Gran Poder, en pantalón corto, como era común, entonces, entre los niños de mi edad. Mi madre me levantó temprano me arregló con ropa normal ¡Que suerte no tener que usar uniforme! Y me puso encima el “baby” única prenda obligatoria en el nuevo colegio que aquella mañana iba a estrenar. Pero no era un “baby cualquiera, no era la prenda blanca o de crudillo como en la mayoría de las escuelas que yo conocía, allí era elegante o, por lo menos a mí me lo parecía con rayas azules y blancas y un bonito escudo en la parte superior izquierda con un anagrama que no supe interpretar y que, a partir de entonces no lo he quitado de mi interior, EL AVE MARÍA.
Tras empujar la puerta de madera abatible que lo separaba del zaguán vi el patio de las columnas repletos de niños, muy arregladitos el primer día y lo suficientemente atemorizado, sobre todo los nuevos, como para que no pasara por su imaginación el sacar una pelota e improvisar un partido de fútbol.
Al fondo una señorial escalera daba acceso a los pisos superiores que ya iría conociendo a lo largo del tiempo. En la esquina izquierda de las más próximas a la entrada se abría lateralmente una puerta de madera y encima un letrero con negras letras sobre fondo claro, CAPILLA. No pude resistir a la tentación de explorar mis nuevos territorios y abrí la puerta. Los bancos de madera brillante recién barnizados se alineaban a ambos lados de un pasillo central y en el lateral derecho una ventana de cristalera geométrica que proporcionaba una bonita luz al interior. Al frente el altar y, en su centro, una imagen de la Virgen de los Reyes, nuestra Virgen de los Reyes que me acompañaría a cuantas ubicaciones posteriores del Colegio he conocido.
De nuevo en el patio había un arco sin puerta en el lateral izquierdo que por una especie de vestíbulo rectangular daba acceso a otro patio, este sin columna con suelo de rasilla y bancos del mismo material rodeándolo. Al frente un pilón recubierto de bonitos azulejos y una escalera con las barandas recubiertas de macetas con helechos y flores y que no recuerdo bien a donde conducía. En el lateral izquierdo según se entraba la cristalera de la capilla y en el lado opuesto un gran arriate cuadrangular con una palmera gigante en su centro cuyos frutos, algunos de los cuales se veían caídos en el suelo, eran apetecidas golosinas para los alumnos. El suelo terrizo donde clavaba sus raíces constituiría la mejor pista para las competiciones de canicas que se multiplicaban en los tiempos de recreo. El centro del patio era otro improvisado campo de fútbol deporte nacional y casi exclusivo en los años que corrían.
Pero en el patio principal ya había cientos de niños corriendo, riendo y chillando con la alegría bulliciosa y contagiosa y que, solo a esa edad se puede encontrar Allí se jugaban múltiples partidos de fútbol en el mismo patio y en unas únicas porterías en que los diferentes porteros se turnaban cuando atacaba su equipo contrario, con unos balones de reglamento que eran pelotas pequeñas todas iguales de color verde que te regalaban al compra el par de zapatos que estrenabas cada curso escolar y que duraban todo lo que duraba el mismo. Los niños y jóvenes de hoy no podrán entender esto pero ese es un recuerdo imborrable para los de mi edad.
En medio de aquel torbellino, las inconfundibles figuras negras de los Hermanos que se mezclaban entre los chavales y se hacían pasar por uno más de ellos. Que imagen mas singular y bonita y que, por desgracia hoy no pueden disfrutar nuestros niños ojalá que nuestro Santo Fundador pudiera interceder para que florecieran, de nuevo, las vocaciones que pudieran mantener a los Maristas como garantes de la educación tanto humana como cristiana de cuantas generaciones están ahora en edad escolar y todas las que si Dios quiere han de venir.
Pero, aún en el mejor de los casos, tampoco la imagen sería la misma pues faltaría la querida, respetada o temida sotana que lo mismo servía como signo de autoridad, como símbolo de la paternidad espiritual que aquellos religiosos ostentaban con agrado, como señal de protección para todos pero, sobre todo, para los mas pequeños o, por fin, como artilugio para esconderse la pelota y convertir al Hermano en un “Pelé” de aquella época o un Ronaldiño o Mezzí de la actual y a quien era, prácticamente, imposible arrebatar la pelota, casi siempre de pequeño tamaño y que albergaban debajo de aquella sotana y con la cual hacían los regates más difíciles o los más inverosímiles recortes ante la desesperación de los defensores que entraban en plancha contra aquel impertinente ropaje que, otra vez más salía indemne de dicha entrada con la pelota a buen recaudo y ganando más y más terreno cada vez.
Y yo no los conocía todavía aquel día, pero allí estaban legendarios nombres de la Historia Marista de Sevilla. Allí estaban el Hermano Domingo fiel a sus peques, los más pequeños, casi hasta la muerte y estaba el Hermano Jacinto con sus inefables zapatos de paño que escondían unos pies castigados por tantas y tantas horas de estar de pie en las clases o el Hermano Alberto con su fama de ogro que a él le gustaba propagar pero que nos inculcó a muchas generaciones el sentido de la disciplina y las huellas de su gran corazón.
De pronto sonó el timbre, todos fuimos a ocupar nuestro sitio en dos filas paralelas ordenada, más o menos, por orden de estatura y enfrente del Hermano encargado de la clase que a cada uno se nos había asignado para mí, no se me puede olvidar, Medio C y el hermano Luis con esa paternal sonrisas de hombre avanzado en años y que rezumaba bondad y sencillez por cada poro de su cuerpo. Y llegamos a nuestra clase una clase no muy luminosa pues era una habitación interior de un edificio concebido para hotel y reconvertido en colegio. Los pupitres de madera tintero de loza en el centro de la misma donde poder entintar el plumín del plumillero, único instrumento de escritura autorizado.
En la cabecera una gran pizarra ocupando casi todo el testero la mesa del profesor amplia y en uno de los lados una bandera de España sujeta en un enganche metálico del que existía otro idéntico en el lado contrario, Encima de ambos soportes en un cartel de apreciable proporciones en letra bien caligrafiada dos términos para mí sin explicación entonces, CAMPO ROMANO Y CAMPO CARTAGINÉS.
A mí aquello me sonó a chino, aún no había estudiado las guerras púnicas y sí, había oído hablar de los romanos y cartagineses como dos pueblos de la antigüedad, pero que, de ninguna manera, podía relacionar ni con nosotros como alumnos ni con nuestra educación o las actividades de la clase. En aquel día pródigo en nuevos descubrimientos empezaba a conocer un método educacional que, sencillamente, en un lenguaje fácilmente entendible por los alumnos y con un mecanismo de funcionamiento simple y directo, iba a inculcar en mi y en cada uno de los alumnos Maristas, principios tan importantes como el amor propio bien entendido, el afán de superación , el trabajo en equipo, el sentido de la cooperación y la unidad de esfuerzos para la consecución de un bien común, la competitividad bien entendida y el concepto de que el esfuerzo y el bienhacer tiene su premio no solo en lo material sino en lo menos tangible de la satisfacción propia y de la valoración, cada vez mayor, de la propia imagen y de las capacidades a desarrollar.
Pronto comenzaría conocer y comprender las reglas y tácticas por las que se regían batallas culturales que, evidentemente, no eran sangrientas, pero, que no por ello, dejaban de ser reñidas y hacían salir lo mejor que teníamos en nuestro interior en pos de aprender más y de ser mejor que nuestro “alter ego” en el otro campo, nuestro émulo. Y, como quiera que, el éxito o el fracaso del campo entero era la suma de éxitos o fracasos de cada uno de sus miembros ya se encargaban, cada uno de los jefes de las dos tropas enfrentadas, en cuidar de elegir emparejamientos lo más igualado posibles pues nunca se podía dar ninguna victoria por perdida. Por eso era una bonita lid entre capacidades igualadas y, prácticamente, nunca había grandes diferencias de cualidades entre dos émulos con lo cual el afán de superación y el estimulo para el trabajo y la mejora estaban justificados, sin que, por otra parte, se produjeran grandes desigualdades que propiciaran grandes derrotas o victorias que pudiesen humillar a alguna de las partes.
A final de mes el premio. Treinta días de esfuerzo ¿para que? Ni más ni menos para disfrutar de toda una tarde de juegos y prácticas deportivas, entiéndase fútbol en unas instalaciones casi a las afuera de Sevilla, tras cruzar el río y en un barrio llamado de los Remedios, donde, poco más allá de donde se encontraban estas instalaciones, por llamarlas de alguna manera, se podían ver huertas aún cultivadas. Allí había campos de fútbol de todas dimensiones, hasta uno de medidas reglamentarias y allí transcurría como en un suspiro una tarde de asueto por la que se había uno esforzado un mes entero.
Pero aquello nos parecía siempre que estaba lejísimos era otro mundo y poco podía imaginar el que os habla que esos mismos terrenos serían testigos de mis últimos años de Colegio, quizás los más interesantes, pero, sin dudan de los que mejor recuerdo guardo.
Pero no nos despistemos estamos todavía en el primer día de colegio y aún nos quedan algunas cosas por descubrir y una de ellas no tardaría en hacerse notar ante la sorpresa de los nuevos alumnos, un ruido de tono seco como un chasquido o el sonar de dos palos al chocar uno con otro, un segundo golpe me hizo dirigir la mirada hacia un instrumento parecía de madera de una forma extraña y curiosa con una parte central casi esférica que se seguía de de una porción más estrecha y alargada que, de nuevo se ensanchaba en la parte superior en una especie de media esfera. Por abajo una empuñadura larga estrecha por arriba y que se ensanchaba en forma de delgada pera hacia abajo y que se adaptaba perfectamente a la mano de quien la manejaba. Agucé más la vista para adivinar más que ver claramente que la parte esférica central tenía en su ecuador y recorriéndola en todo su alrededor una estrecha ranura ocupada por una gomilla trenzada y que, a su vez apresaba un palo cilíndrico biselado en los extremos, uno de los cuales oprimía la mano del profesor para que el otro se estrellara en la media esfera superior para lograr el sonido que tanto nos llamaba la atención aquello era UNA CHASCA.
Y en un día como hoy, parecería imperdonable el no guardar un rinconcito en el torpe discurso perengueñado por este osado orador, para hablar de la chasca. Y es que este ingenioso instrumento no solo ha servido para llamar la atención, mejor que las campanillas que, hasta entonces era lo que yo conocía, sino que servía además para imponer silencio y si el toque era muy enérgico, para que el silencio fuera sepulcral y servía también para confirmar un acierto a una pregunta, un toque, o para señalar un error y dar paso al siguiente en intentarlo, dos toques, o para golpear la mesa en un golpe de autoridad si el desmán era “grande” entrecomillando lo de grande porque en el sistema educacional de entonces ni por asomo se permitían desmanes ni siquiera regulares ojalá perviviera hoy parte de esa filosofía y de ese sentido de la disciplina; pero, incluso, podía servir la chasca como arma arrojadiza para la corrección inmediata del que osaba hacer caso omiso de las correcciones habituales.
Y raramente había quejas por parte de los padres, entre otras cosas, por que si recibíamos algún “coscorrón” del profesor de turno, pocas veces lo contábamos en casa porque habitualmente recibíamos otro y más fuerte y no creo que por ello seamos una generación frustrada o acomplejada sino todo lo contrario.
Pero además de todo, creo que las chasca es un símbolo íntimamente unido a un sistema educacional y, por ende a un ideario que es el de los Colegios Maristas y que, como tal símbolo, es recordado por mucho de nosotros que, en algunos casos guardamos, incluso, una reproducción de ellas en la vitrina en que cobijamos los grandes recuerdos de nuestra vida.
Animo desde aquí a que, aunque a lo mejor como instrumento de trabajo no sea útil en nuestros días, persista en los Colegios de esta Institución como un símbolo como algo representativo del propio colegio e ,incluso, como objeto reproducido en premios y trofeos que la institución otorgue.
Y así, entre sorpresas continuas unas más agradables que otras fue transcurriendo el agradable primer día cuya bonanza, tan solo pudo ser empañada al contemplar con ojos atónitos la pila de libros, casi imposible de colocar en el amplio maletón que mi madre me había comprado y que, no solo había que transportar todos los días sino que lo que es peor, había que estudiarlos todos en el plazo del curso que empezaba Bien pronto nos hacían comprender que la jornada colegial de mañana y tarde se habría de seguir de muchas horas de estudio en la casa y, después, jugar si había tiempo.
Y empezaron a correr los días y seguí conociendo instituciones a cada cual más atrayente para un niño con mi edad de entonces, pero que, en el fondo, no eran más que meros instrumentos con los que lograr un solo fin, la educación y, por encima de todo, la formación integral de todos nosotros, los alumnos Maristas tanto en el plano material como en el espiritual. A ello servían, por ejemplo, las clases de urbanidad donde se aprendía desde como comportarse en diferentes lugares a como utilizar los cubiertos a como disponer una mesa o a como redactar cualquier carta, cosas que a lo largo de la vida me he alegrado de conocer y que no estarían de mas que muchos las conociesen hoy en día en que parece que solo importan los conocimientos científicos y que este aprendizaje no es compatible con la buena educación y la observancia de las leyes de la buena convivencia.
O los mecanismos para estimular, como no, la sana convivencia, en ocasiones como el Domund o las campañas de Navidad, aquellos inolvidables termómetros o las carreras de caballos de cartón sobre el imaginario hipódromo de una pared de cada clase, donde a fuerza de rascar el bolsillo de nuestros padres y, también en muchos caso, los nuestros propios en post de adelantar un largo a nuestro caballo de competición o de subir un grado la temperatura de nuestras aportaciones y aprender, así, que para ser mejores también hay que ser más solidarios.
O el contacto con la naturaleza, con todas las limitaciones que tanto en medios de transportes como en vías de comunicación existían en la época. Pero no fueron pocas las excursiones a lugares fuera de Sevilla donde también había prendido la impronta Marista, Sanlucar la Mayor, Villanueva de Rio y Minas o Fuenteheridos y donde, entre mucha diversión, también se daban pinceladas de Ciencias naturales o si lo preferís Conocimiento del Medio. Tampoco el contacto con la naturaleza se escapaba de la ambiciosa propuesta educativa.
O los Cruzados Eucarísticos, ejercito peculiar que era de todo menos violento y cuya batalla era promover y difundir la Devoción a la Eucaristía. Y esto que hoy puede parecer retrogrado, anticuado o trasnochado, como queráis llamarlo sirvió para que muchos de aquellos alumnos, hoy hombres maduros e incardinados en diferentes estamentos de la sociedad sevillana, sigamos siendo católicos convencidos y no solo católicos, pues hoy hay que afirmarlo así católicos practicantes, aunque yo siga sin comprender como se puede ser católico sin ser practicante. Y se puede discutir si estos métodos son útiles en nuestros días y hasta si lo fueron en aquellos pero lo cierto es que se puede echar una ojeada a los movimientos seglares de la Iglesia sevillana, las hermandades entre ellos, y veamos como se mueven en ellos los Antiguos Alumnos Maristas, peo permitidme que de esto último, sobre todo de nuestro papel en las Hermandades de Sevilla, hablemos más adelante.
Y pasaron los días y las semanas y los meses y llegaban las notas cada semana, después cada quincena y por fin cada mes, porque la evaluación continuada no es un invento moderno ni se lo debemos a los sesudos pensadores de esta modernidad, creadores de un sistema educativo con Matrícula de Honor en fracasos, la evaluación continuada es un elemento esencial en el sistema educativo de los Maristas desde que yo lo conozco, que ya va para cincuenta años.
Y tras pasar un primer ensayo serio de examen, casi oposición, con tribunal distinto para cada asignatura incluido, que entonces era el Examen de Ingreso, nos convertíamos en alumnos de Bachiller. Y he dicho, a propósito, un primer ensayo pues habría otros tres escollos, cada cual más difícil de superar antes de abandonar las aulas del Colegio: la Revalida de Cuarto, la Revalida de sexto y el examen de Preuniversitario.
Pero aquel primer examen no solo conllevaba el convertirnos en alumno de Bachillerato, comportaba, también el cambio de local del Colegio, abandonábamos la casa entrañable de Jesús del Gran Poder para llegar a otra casona menos manejable más extensa y dispersa nos íbamos al Colegio de San Pablo, pasábamos de estar con los niños pequeños a estar con los alumnos mayores.
Y decía que era un edificio menos manejable más disperso, porque, en realidad eran dos núcleos de edificios unidos o separados, como se prefiera por un gigantesco patio en que ya eran notables las instalaciones deportivas distintas a las imaginarias porterías de fútbol que soñábamos, más que ver en Jesús del Gran Poder. En aquellos campos de baloncesto, jockey patines, balonmano o frontón comprendería y aprendería, también, otros dos conceptos importantes en el ideario educacional de los Hermanos Maristas.
Pronto vi como se formaban, en cada clase, equipos de baloncesto, de jockey, de pelota y vi, también, como a lo largo de todo el curso se organizaban competiciones entre las diferentes clases agrupadas, según edad, de cuantos deportes individuales o de equipo era posible practicar en aquellas modestas instalaciones mezcla de patio y campo deportivo pero que servirían para inculcarnos la práctica deportiva otro puntal importante en el edificio colosal de nuestra educación. La Copa San Fernando o el Trofeo Marcelino Champagnat premiaban en las diferentes categorías a las clases que habían sobresalido en la práctica de todos los deportes. Y aparte de los entrenamientos oficiales fuera de las horas colegiales entrenábamos hasta en los recreos, practicando nuestra técnica individual con los balones que nos habían puesto los Reyes y aplacando nuestra hambre y nuestra sed con los refrescos y bocadillos que por la ventanilla del bar nos servía el inolvidable “Pelao”
Y todos pugnábamos por pertenecer al equipo de la clase y queríamos destacar en dichos equipos, no solo para ganar a otros cursos y llevarnos los trofeos correspondientes, sino para tener la alegría y el honor, porque eso era para nosotros de formar parte del equipo del Colegio y el no va más era ser campeones de Sevilla.
Y nos extasiábamos viendo jugar a los equipos del Colegio en aquellos sábados y domingos repletos de contiendas con otros colegios de Sevilla. Porque nuestro colegio San Fernando era un colegio abierto pero abierto, no solo los días de clase, sino, también después del horario de clase y los fines de semana en que todos sus alumnos podían disfrutar de sus instalaciones para hacer deporte y jugar libremente los sábados y domingos; siempre bajo la atenta vigilancia de algún hermano y de “Pedro” el portero que, al igual que el santo de su mismo nombre se paseaba con el manojo de llaves hasta la hora de cerrar, en que, tras tocar el pito que indicaba el fin de la jornada, tenía que echarnos casi uno a uno. Y así cada día primero en San Pablo y luego en Los Remedios.
Pero el no va más llegaba cuando jugaba el ADEMAR. Quien de nosotros no soñó algún día con jugar en el ADEMAR, el equipo de los antiguos alumnos. Otro concepto esencial que no podemos descuidar, gran parte del éxito del sistema educativos que hemos disfrutado se debe a que los conceptos de amistad, camaradería y hasta se podría decir, corporativismo, pervivían mucho más allá de la estancia como alumnos en el colegio, no se extinguían al terminar el periodo educativo sino que prevalecían en el tiempo, por lo que, fuera lo que fuera de nuestras vidas, continuábamos siendo Antiguos Alumnos Maristas.
Tampoco perdamos esto no busquemos excusarnos en la falta de tiempo, en que la ciudad ha crecido demasiado y es más difícil acudir a las citas sobre todo en este barrio y a determinadas horas, que todo puede ser verdad, pero que las relaciones de amistad que muchos conservamos desde que estuvimos en estas aulas deber permanecer, fortalecerse y promoverse a fin de que lleguen a más gente cada vez, reavivemos la asociación mediante una labor en la que deben tener papel preponderante los más jóvenes, los que acaban de abandonar el colegio y que deben ser el aglutinante para los que tenemos los recuerdos casi marchitos.
Y así pasaron los días, las semanas, los meses y varios años que seguían pasando muy deprisa aunque, a nosotros, siguiera sin parecérnoslo y pasamos unas Misiones en la aneja Capilla de Montserrat y en la parroquia cercana de la Magdalena participando en una movilización sin precedentes de todos los sevillanos en post de una reevangelización y paso, como no, la temida Revalida de Cuarto, segundo peldaño en la escala del Bachiller y casualidades de la vida también la superación de este examen sumarísimo iba a traer consigo un nuevo cambio en el domicilio colegial.
Aunque no nos lo parecieran las instalaciones se habían quedado obsoletas, el colegio era pequeño y no atendía a las demandas de plazas para ingresar en el, había que volver la mirada hacia unos terrenos que habían dejado, algún tiempo antes, de ser magníficos campos de juego al aire libre para convertirse en un Colegio amplio, espacioso con aulas modernas funcionales aireadas y con mucha luz natural algo que por no haber conocido, ninguno echábamos de menos, unas instalaciones, en fin, acordes con la época y que, además permitió unir en varias etapas a los alumnos de los dos colegios existentes hasta entonces, en un único Centro. San Pablo y Jesús del Gran Poder cerraban sus puertas e inaugurábamos el nuevo colegio de Los Remedios.
Y allí transcurrió otra época importante de mi vida, la adolescencia. Y hasta allí trasladamos, como tenía que ser, a nuestra Virgen de los Reyes en procesión organizada y con largas hileras de alumnos acompañándola, la Virgen Madre eternamente presente en su ideario no podía faltar en el nuevo hogar marista de Sevilla.
Aquellas instalaciones nos parecían esplendorosas, hasta gimnasio cubierto tiene, contábamos a nuestros padres el primer día del curso, y un bar de verdad en que otro personaje entrañable “Pepe” se incorporaba a la historia de nuestro colegio. Con estos medios se multiplicaron las actividades deportivas, siendo, quizás, el deporte rey el Baloncesto en el que dominamos en Sevilla durante varios años, acudiendo a dicho Colegio equipos juveniles y júnior de tanto renombre como el Real Madrid o el Juventud de Badalona.
Pero aparte de las practicas deportivas oficiales ya no fueron los recreos de jugar a la pelota, el juego daba paso a las charlas, las largas conversaciones e incluso el germinar de proyectos algunos de los cuales fueron importantes, no solo en la vida de algunos de nosotros que nos vimos inmersos en el sino que fue importante para la vida y el futuro de instituciones tan importantes para la ciudad como sus Hermandades.
Y ocurrió así, y no me lo contó nadie sino que lo viví en primera persona, que entre los temas de conversación de aquellos recreos, en el mismo patio o aprovechando las salidas durante los mismos, para tomar un café, el tema de las Cofradías salía con frecuencia entre un grupo de nosotros que queríamos participar en ellas y cambiar aunque fuera mínimamente las rancias estructuras que las atenazaban y que nos impedían, a su vez, a los más jóvenes participar de ellas. Y soñamos con que la juventud tuviera un día las puertas de ellas abiertas y soñamos en que no se pensara solo en la Estación de Penitencia y soñamos en que fueran el marco para actividades como la formación cristiana y las labores de caridad pudieran tener cabida en ellas y soñábamos en que, algún día pudiéramos proclamar a los cuatro vientos que queríamos y respetábamos a las cofradías, en una palabra, que éramos cofrades sin que se nos tachara de anticuados, retrasados o meapilas, soñamos que la Religión que no solo nos enseñaban sino que ya debatíamos en le colegio se podría, algún día, predicar y practicar en nuestras hermandades, soñamos, porque no, en que un sacerdote joven, recién llegado al Colegio, pudiera respetar algún día a las Hermandades como instituciones de la Iglesia que él predicaba y defendía.
Y todo ese extenso sueño se hizo realidad, en buen día, tras muchos trabajos, desvelos, inquietudes y hasta disgustos con nuestros mayores que pensaban que entraríamos a saco en nuestras Corporaciones para arrasarlas y no reformarlas. Hubo una Hermandad adelantada, una que supo creer en el tesoro de ilusión de aquellos jóvenes y así nació el Grupo Joven de la Hermanada de Santa Marta que, un poco, fue el Grupo Joven de todos nosotros perteneciéramos o no a Ella, El Grupo Joven de un puñado de amigos, compañeros de colegio y educados en los principios religiosos del ideario Marista.
A partir de ahí todo fue muy deprisa la Juventud en nuestras Cofradías fue un movimiento muy pujante durante muchos años y responsable, en gran medida, de la reciente época dorada que ha vivido la Semana santa de Sevilla y todas sus hermandades. Hoy ya todos somos muy veteranos muchos de nosotros y, también, otros de generaciones posteriores hemos sido o son Hermanos Mayores ya se ha hecho realidad mucho más de lo que unos pocos soñamos en los recreos pero fue aquí en los patios de este colegio donde comenzó la transformación de las Hermandades en las realidades que conocemos hoy.
Todo esto ocurría en la recta final de mi vida colegial y de las que conmigo compartieron esa vivencia, luego vendría la revalida de sexto y un curso de preuniversitario que nos llevaría de lleno, previo otro examen no faltaría más, a la entrada en la Universidad. Quedarían atrás nueve cursos y casi diez años en que, por supuesto, había habido de todo pero de los que guardo muchos y buenos recuerdos y muchos y buenos amigos.
Y es que la historia de estos 75 años, la historia de la institución Marista en Sevilla no es mas que la suma y la integración de miles de historia como las que os he contado, es la suma y la integración de muchas historias similares a la mía. Cada una con sus matices, cada una con sus peculiaridades, cada una con sus experiencias, muchas buenas y algunas malas, pero todas entretejidas entre las guía de un magnifico telar como es el ideario educacional Marista.
Nos contaban siempre que el santo Fundador no quiso que sus Hermanos fueran sacerdote para no distraer ni un segundo de su tiempo de la labor educativa. Y, en mi opinión lo logró sobradamente el Hermano Marista, por lo menos en mi tiempo, era ante todo y sobre todo, un gran educador. Un gran educador que jugaba al lado de sus alumnos, como uno más e, incluso si hacía falta, intentando hacer alguna trampilla para que su clase ganara cualquier partido de fútbol u otro deporte cualquiera; pero tocaba el timbre y sin que hiciera falta ni un gesto ni una advertencia volvía a ser el profesor que imponía respeto únicamente con la mirada marcando, en todo momento la línea exacta que nos separaba mutuamente.
El gran educador que, adelantado a su época, comprendía la importancia del deporte, la actividad física y el contacto con la naturaleza tenían en la formación integral de los hombres del futuro.
Un gran educador que, como religioso que era, ponía la formación religiosa en preponderante lugar entre sus objetivos educativos. Pero no querían quedarse en una formación religiosa puramente formalista basada en el culto o en el rito sino que su ambición les llevaba a intentar que dicha formación se basara en la libertad de elección y cuyo motor principal fuera el amor a Dios y a su santa madre pero, en lo posible desde la libre elección y no desde la absoluta imposición. No había que llenar la capilla todos los días, no había que tener misa periódica obligatoria, había que tenerla siempre abierta para que hasta allí pudiera llegar el que necesitara consuelo perdón u oración.
Y en edades en que ello era posible incluso se permitían “veleidades” como las discusiones filosóficas en las aulas o el intentar casar la religión con determinados principios fisiológicos
Un gran educador, en fin, imbuido hasta el alma de los principios liberales y que mantenían el exacto grado de disciplina con el que nadie osara perderle el respeto pero con el que mucho logramos ser sus amigos.
Todos son pilares básicos del ideario Marista que, a día de hoy, con la crisis educativa que vivimos sigue teniendo tanta vigencia como antaño y, quizás, sea aún más necesario.
Que estos 75 años sean el preámbulo, al menos, de otros tantos más, tan brillantes o más si cabe y que los pilares de este ideario permanezcan en pie incólumes a las tempestades de las políticas educativas modernas. Ojalá que con los Hermanos al frente que en Sevilla, en España y en el mundo entero se siga aprendiendo a entregar alma y vida a Cristo Jesus por las Blancas Manos de Santa María
Feliciano Fernández González
















